En los últimos meses, el mundo ha sido testigo de dos espectáculos robóticos que, aunque aparentemente contradictorios, definen las dos velocidades a las que avanza la autonomía física. Por un lado, vimos a robots humanoides trotar con torpeza en una media maratón en Beijing y luego patear un balón con la coordinación de un niño de cinco años en el primer torneo de fútbol para IA. Estos eventos, ampliamente difundidos, mostraron máquinas que necesitaban asistencia humana para no caer, cambiar baterías o evitar chocar entre sí. La imagen pública es clara: la robótica de propósito general, aquella que busca imitar la versatilidad del cuerpo humano en entornos dinámicos y abiertos, sigue en una fase embrionaria, casi cómica.
Sin embargo, lejos de los estadios y en el silencio de un laboratorio, una realidad muy distinta tomaba forma. Investigadores de las universidades Johns Hopkins y Stanford anunciaron que su robot SRT-H había realizado una colecistectomía (extirpación de vesícula) de forma completamente autónoma, con una tasa de éxito del 100% en un modelo anatómico realista. A diferencia de sus contrapartes atletas, este sistema no seguía un guion rígido. Entrenado con videos de cirujanos humanos y dotado de una IA similar a la de los grandes modelos de lenguaje, el SRT-H pudo identificar tejidos, adaptarse a variaciones anatómicas y tomar decisiones en tiempo real con una precisión comparable a la de un profesional. Esta divergencia no es una falla, sino una señal fundamental: la autonomía robótica no avanza de manera uniforme. Progresa a pasos agigantados en entornos controlados, tareas especializadas y aplicaciones de alto valor, mientras se arrastra en el complejo e impredecible mundo físico general.
El hito del robot cirujano SRT-H trasciende la mera automatización de una tarea. Desafía una de las suposiciones más arraigadas sobre el futuro del trabajo: que las profesiones que requieren alta especialización, juicio y destreza manual fina estaban a salvo de la disrupción tecnológica. El sistema no solo ejecutó movimientos, sino que aprendió por imitación y demostró capacidad de adaptación, dos pilares de la pericia humana. Como señaló el académico Pedro Salcedo-Lagos, los modelos de IA “construyen el mundo a través del lenguaje” con el que son entrenados. El SRT-H construye su realidad quirúrgica a partir de la observación de los mejores cirujanos, planteando preguntas ineludibles: ¿Podría un robot, entrenado con miles de cirugías exitosas, llegar a ser más fiable y cometer menos errores que un humano sujeto a la fatiga, el estrés o la variabilidad de su habilidad?
Este avance proyecta una sombra sobre el concepto mismo de “experto”. Si un procedimiento tan complejo puede ser codificado y ejecutado por una máquina, ¿qué sigue? El diagnóstico médico, el análisis legal, la auditoría financiera o incluso la ingeniería de software podrían ser los próximos dominios en ser redefinidos. El futuro no parece ser uno donde los robots simplemente reemplazan el trabajo manual, sino uno donde desafían el monopolio humano sobre el conocimiento especializado. La conversación, como ya se inicia en Chile con proyectos de cirugía robótica en hospitales públicos como el de La Serena, se desplaza de la eficiencia a la redefinición de roles. El cirujano del futuro podría no ser quien empuña el bisturí, sino quien supervisa una flota de brazos robóticos, audita sus decisiones y maneja las implicancias éticas de una intervención sin autoría humana directa.
La irrupción de robots autónomos en el quirófano es la punta de lanza de una tendencia mucho más profunda: la transferencia del control del espacio físico a agentes no humanos. Un robot cirujano ejerce una soberanía algorítmica sobre el micro-universo del cuerpo del paciente. Extrapolando esta lógica, estamos en la antesala de sistemas que gestionarán espacios mucho más amplios y complejos. Almacenes donde enjambres de robots organizan inventarios sin intervención humana ya son una realidad. El siguiente paso son los sistemas de tráfico urbano, las redes de distribución de energía o incluso la seguridad pública, todos gestionados por IA con actuadores físicos (drones, vehículos autónomos, brazos robóticos).
Este traspaso de control del mundo físico a algoritmos plantea un nuevo contrato social y tecnológico. ¿Quién es responsable si un sistema de tráfico autónomo optimiza el flujo a costa de un accidente? ¿Qué sesgos se incorporan en un robot de seguridad que patrulla un barrio? ¿Cómo se audita o apela una decisión tomada por una máquina que controla una infraestructura crítica? La torpeza de los robots futbolistas puede generar una falsa sensación de seguridad, haciéndonos subestimar la velocidad con la que sistemas mucho más sofisticados, aunque invisibles para el público, están asumiendo el control de funciones esenciales de nuestra sociedad. La verdadera revolución no está en los robots que se parecen a nosotros, sino en la inteligencia invisible que comienza a orquestar el mundo material.
El camino hacia este futuro co-habitado no está escrito. Tres escenarios dominantes se perfilan en el horizonte, y las decisiones que tomemos hoy determinarán cuál de ellos prevalecerá.
Los tropiezos en la cancha y la perfección en el quirófano no son más que los primeros párrafos de este nuevo capítulo. Nos recuerdan que la tecnología es un espejo de nuestras prioridades y un motor de futuros posibles. La pregunta fundamental ya no es si las máquinas actuarán en nuestro mundo, sino cómo negociaremos los términos de esa coexistencia.