Europa frente a la ola de calor extremo: medidas urgentes y consecuencias visibles

Europa frente a la ola de calor extremo: medidas urgentes y consecuencias visibles
Medioambiente
Cambio climático
2025-11-23
Fuentes
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- Temperaturas récord que superan los 40 °C en múltiples países europeos.

- Medidas inéditas: piscinas gratis, refugios climáticos y prohibición de trabajo al aire libre.

- Impacto social y sanitario: aumento de golpes de calor y muertes atribuidas al calor extremo.

Durante el último verano europeo, una ola de calor extremo azotó el continente alcanzando temperaturas máximas de hasta 46 °C en España y superando los 40 °C en Francia, Italia, Grecia, Portugal y el Reino Unido. Este fenómeno climatológico, que ya no sorprende pero sí alarma, ha puesto a prueba la capacidad de respuesta de gobiernos y sociedades, evidenciando tanto la fragilidad ante el cambio climático como las desigualdades sociales que agravan sus efectos.

En España, se registró un récord histórico en junio con 46 °C en El Granado, Huelva, mientras que las noches se mantuvieron excepcionalmente cálidas, con mínimas que superaron los 25 °C en varias regiones. Esta combinación de calor diurno y nocturno elevó el riesgo sanitario, especialmente para grupos vulnerables como personas mayores, trabajadores al aire libre y enfermos crónicos. De hecho, una trabajadora de limpieza falleció tras una jornada laboral en Barcelona durante la ola de calor, hecho que abrió un debate urgente sobre la protección laboral en contextos climáticos extremos.

Francia vivió su quincuagésima ola de calor desde 1947, con alertas máximas en más de una decena de departamentos y evacuaciones preventivas por incendios forestales. Las autoridades respondieron con medidas como la gratuidad de piscinas públicas en Marsella y la movilización intensiva de bomberos, mientras que tormentas eléctricas posteriores trajeron alivio temporal pero también provocaron inundaciones en París.

Italia implementó prohibiciones para trabajar al aire libre durante las horas más calurosas en regiones como Sicilia y Liguria, y creó "refugios climáticos" con aire acondicionado para proteger a los más vulnerables. El sistema de salud reportó un aumento cercano al 10% en casos de golpes de calor, principalmente entre ancianos y personas en situación de calle.

Grecia y Turquía enfrentaron incendios forestales devastadores, con evacuaciones y daños materiales significativos, mientras que Portugal mantuvo a dos tercios de su territorio en alerta máxima por calor e incendios.

El Reino Unido, aunque con temperaturas menos extremas que el sur de Europa, experimentó su segunda ola de calor oficial en el año, con máximas de hasta 35 °C y noches tropicales que impidieron el descanso.

Este patrón de olas de calor más frecuentes y severas está ligado directamente al avance del cambio climático, como lo confirman expertos y organismos internacionales. "Deberíamos esperar diez veces más días de ola de calor para el año 2100", advirtió Météo-France, y un estudio de The Lancet Public Health alertó que las muertes por calor en Europa podrían triplicarse si no se detiene el aumento global de temperaturas.

Los impactos sociales son profundos y diversos. Más allá de las consecuencias inmediatas en la salud pública, estas olas de calor evidencian las desigualdades existentes: quienes trabajan al aire libre, viven en viviendas sin climatización o pertenecen a grupos socialmente vulnerables sufren de manera desproporcionada. Además, la gestión de emergencias y la infraestructura urbana se ven desafiadas, obligando a repensar políticas públicas y sistemas de protección.

Frente a este escenario, las respuestas gubernamentales han sido heterogéneas y, en algunos casos, pioneras. La gratuidad de piscinas, la creación de refugios climáticos, la regulación laboral para proteger a trabajadores expuestos y las campañas de prevención sanitaria son pasos en la dirección correcta, pero insuficientes para enfrentar un fenómeno que se proyecta como recurrente y más intenso.

En conclusión, la ola de calor europea de 2025 no solo confirmó la gravedad del calentamiento global, sino que puso en evidencia las limitaciones de las sociedades para adaptarse rápidamente a sus consecuencias. Los hechos demuestran que la crisis climática es también una crisis social y política, que requiere una acción coordinada, justa y efectiva. La tragedia de vidas afectadas y pérdidas materiales es un llamado urgente a repensar cómo vivimos, trabajamos y protegemos a quienes más lo necesitan en un planeta que cambia aceleradamente.