
Chile se encuentra en un momento crucial donde la energía de su juventud y las demandas éticas de la sociedad convergen en un escenario de tensiones y esperanzas. El pasado 7 de noviembre de 2025, estudiantes de enseñanza media de todo el país presentaron cinco proyectos innovadores que apuntan a un Chile más sostenible y justo. Desde biofertilizantes que restauran suelos en Ñuble, hasta aplicaciones móviles que facilitan el abastecimiento en Rapa Nui, estas iniciativas reflejan una generación que no solo sueña, sino que actúa con herramientas tecnológicas y sociales para resolver problemas concretos.
Sin embargo, esta efervescencia creativa no se da en un vacío. A poco más de tres meses, un análisis riguroso de la psicología social ha puesto sobre la mesa propuestas para combatir la corrupción, uno de los males estructurales que ha minado la confianza ciudadana en Chile y el mundo. La corrupción, entendida no solo como un acto ilegal sino como una ruptura profunda de la confianza social, exige cambios en la cultura organizacional, selección ética de líderes y modelos de liderazgo compartido y empático.
En este coliseo de ideas y desafíos, los protagonistas son múltiples y a menudo enfrentados. Por un lado, los jóvenes innovadores que representan la esperanza de un Chile sostenible, con proyectos que van desde un guante inteligente para rehabilitación en La Araucanía hasta sensores con inteligencia artificial para monitorear la calidad del suelo en Santiago. Por otro, expertos en psicología social que advierten que sin un cambio profundo en las normas éticas y en la percepción social de la corrupción, cualquier avance tecnológico o científico puede verse socavado por prácticas clientelares o liderazgos autoritarios.
Jessica Hurtado, integrante del equipo ganador del programa Samsung Solve for Tomorrow, expresó: "Nos sentimos muy felices y agradecidas, no esperábamos este resultado porque todos los equipos son fabulosos", mostrando la fuerza de la motivación juvenil. En contraste, Sara Berbel Sánchez, psicóloga social, señala que "la voluntad política y empresarial debe ser firme y continuada en el tiempo para erradicar la corrupción", enfatizando la necesidad de persistencia en la transformación cultural.
Las perspectivas políticas también divergen. Sectores progresistas ven en estos proyectos juveniles una oportunidad para impulsar políticas públicas que integren innovación y ética, mientras voces más conservadoras advierten sobre los riesgos de una implementación apresurada sin controles adecuados. Regionalmente, la participación inédita de estudiantes de Rapa Nui destaca la necesidad de políticas inclusivas que reconozcan las particularidades territoriales y culturales.
¿Qué podemos concluir? Que la construcción de un Chile sostenible y ético requiere más que ideas brillantes; demanda una transformación profunda en la forma en que la sociedad entiende y ejerce el poder, la confianza y la responsabilidad. La innovación tecnológica y social debe ir acompañada de un compromiso real con la transparencia y la justicia. Solo así, desde la raíz de la educación y la cultura organizacional, se podrá romper el círculo vicioso de la desconfianza y abrir paso a un futuro donde la sostenibilidad y la ética no sean aspiraciones lejanas, sino realidades palpables.
Este escenario invita a la reflexión crítica: la juventud no es solo el motor de la innovación, sino también el espejo que refleja las contradicciones de una sociedad que aún lucha por reconciliar progreso y valores. La historia reciente de países como Nueva Zelanda, Finlandia o Hong Kong, citada en los estudios de psicología social, ofrece ejemplos de que el cambio es posible cuando existe voluntad y estructuras sólidas. Chile, en este momento de su historia, enfrenta ese desafío con la mirada puesta en su gente más joven y en las lecciones que la ética puede ofrecer para construir un país más justo y sostenible.
2025-09-01